miércoles, 19 de junio de 2013

La princesa.

          Erase una vez, en un país muy lejano, una princesa, en su dormitorio, en un palacio, en un reino, en un amanecer maravilloso y terrible. La princesa cumplía hoy 18 años y amaneció triste...


          Toda la corte estaba consternada, ¿Que le sucede a la princesa? ¿Qué quiere? ¿Qué necesita? Todos le preguntaban. Pero la princesa solamente suspiraba, perdía la vista en el horizonte y languidecía de tristeza.
El rey mandó traer maravillosas telas de oriente, valiosas joyas de occidente. Incluso a una selección de los mejores mozos del reino (se comentaba que uno jugaba muy bien al balonmano y era muy listo, o eso se creía el). Pero nada surtía efecto, la princesa seguía sumida en la más absoluta y silenciosa tristeza.

          Un carromato entró tirado por un par de bueyes en la plaza, seguido por una colla de personajes de lo más variopinto, bailando  y haciendo piruetas, al ritmo de música de juglares. La dulzaina, panderos y tambores amenizaban la fiesta, mientras la chiquillada del pueblo los seguía alborotada. Un orondo personaje con casaca roja subió al tejado de la carroza, de pronto... silencio.

          -"Señoras y señores, con todos ustedes el Circus Máximus, venidos desde los diferentes confines del mundo, tenemos a los más increíbles artistas de todos los tiempos. Desde La Italia, los saltimbanquis; hermanos Saglieri. Desde lo más profundo de la India; el faquir Mandal. Los payasos Popo y León nacidos en la huerta de Valmuel. Y nuestra actuación estelar; el mentalista más poderoso de la tierra, el lector de mentes del que ningún secreto escapa, venido desde los Cárpatos:  ¡Doctor Zarco!".
          Se abrió un telón tras el que apareció un figura enjuta cubierta con una capa oscura y mirada penetrante.

          La noticia llegó a oídos del Rey, inmediatamente ordenó que la primera actuación se realizara en palacio, para ver si podía disipar la silenciosa tristeza de su hija.

          Estaba todo preparado, la Reina y el Rey ocupaban sendos tronos en la sala del mismo nombre y la princesa otro más pequeño a la derecha de su padre, donde se derretía producto de su pesar. Comenzó la actuación, los artistas conocían el objetivo de la misma, el Rey les había ofrecido una cuantiosa recompensa si conseguían hacer olvidar sus penas a la muchacha. Se esforzaron al máximo, pero uno tras otro  contemplaban desolados, como no hacían ningún efecto.

          Hasta que llegó el momento del Gran Zarco. Embozado tras la capa miraba inquisitivamente en la profundidad de los ojos la doncella. Permaneció así durante dos largos minutos escrutando sus pensamientos. Transcurrido el tiempo metió la mano derecha entre los pliegues de si capa y sacó un pequeño pajarito amarillo, lo depositó en la mano de la muchacha y al momento se puso a cantar. Dos lágrimas se deslizaban por sus mejillas y una sonrisa deslumbrante iluminó su rostro. La alegría había vuelto tanto a la niña como a toda la corte; que por fin descansaba tras tantos desvelos.

Moraleja: ¿Eres una princesa?
                Entonces, si quieres un pajarito amarillo, dilo. ¡COJONES!

          Si te gusta el vecino de enfrente díselo.
          Si quieres salir con los amigos díselo.
          Si quieres que tu marido planche la ropa díselo.
          Si buscas trabajo díselo a todo el mundo.

               Si no decimos lo que queremos, nadie va a venir a leernos la mente.


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